Henri Matisse,"intérieur, bocal de poissons rouges" (1914) © Sucesión H. Matisse

Henri Matisse,"intérieur, bocal de poissons rouges" (1914) © Sucesión H. Matisse

Henri Matisse, "Poissons rouges et palette" (1914) © Sucesión H. Matisse

Henri Matisse, "Poissons rouges et palette" (1914) © Sucesión H. Matisse

MATISSE, de los peces rojos a los sirenios

Entre los pares o las series de cuadros realizados por Matisse a partir de un mismo motivo, están los de los peces rojos. La exposición del Centro Pompidou presenta dos obras maestras de 1914 sobre este tema:  « Intérieur, bocal de poissons rouges » y « Poissons rouges et palette ».

Los animales marinos y los peces, frecuentes en la obra de Matisse, son signos claros de su evolución hacia una pintura sintética y simplificada. Su maestro, Gustave Moreau se lo había dicho con clarividencia y un ligero tono de reproche: “vas a simplificar la pintura…” e incluso le dijo “no irás a simplificar la pintura hasta ese punto, no la vas a reducir a esto, va a dejar de existir…”. En efecto, los peces rojos de Matisse están “simplificados”. Para “sintetizarlos”, observó aquellos de las estampas japonesas de Hiroshigé o de Hokusaï, aunque él no siguió la sinuosidad expresiva que podemos encontrar en muchos artistas de tendencia « art nouveau ». Matisse vio en el Louvre los delfines estilizados de los jarrones griegos y copió, durante 6 años, « La Raya » de Chardin, a la que llama « la gran naturaleza muerta del pez » y, sobre todo, las observó en vivo. De hecho, más tarde declara que deberían de reemplazar la estancia en la escuela de Bellas Artes por una larga estadía en el zoológico.

El pez rojo, plácido y silencioso, justifica la expresividad del ojo y la plasticidad del espacio, sirve a los objetivos de condensación, de identificación, de meditación y de reposo visual que Matisse confiere a su pintura. En ese  sentido, Matisse, sensible a las obras orientales, tapices, cerámica e iluminación que vió entre 1893 y 1901 en Paris y en Munich, tuvo una visión comparable a aquélla de los artistas orientales. Tampoco es coincidencia si el tema de la pecera con los peces rojos aparece en sus obras realizadas durante o después de sus dos viajes a Marruecos en 1912-1913. En la parte central de su famoso “tríptico marroquí” (Moscou, museo Pouchkine), la joven Zora está arrodillada en la terraza, sobre un suelo azul obscuro que la lleva como un tapete volador. Delante de ella, a su izquierda, una pecera con peces rojos y a su derecha, dos babuchas con la suela interior roja. En esta ensoñación sobre un fondo azul turquesa, las babuchas flotan en simetría con los peces rojos. En la parte izquierda, delante de un hombre pensativo, sentado en la penumbra, un recipiente iluminado sobre el suelo de la alcazaba. La misma ensoñación ordinaria y exótica de su obra « Café marocain » (Petersbourg, museo del Hermitage) donde dos personajes meditan y fantasean frente a una pecera, escuchando la música detrás de ellos. Tanto los peces como los humanos tienen el mismo tono ocre-anaranjado. El objetivo, reconocido por Matisse, es que el espectador sienta el mismo reposo contemplativo al observar su pintura.  
Es una verdadera serie la que Matisse realiza sobre el mismo motivo entre la primavera y el verano de 1912: « Peces rojos sobre fondo café » (Copenhague), « Peces rojos y escultura » (New York), « Peces rojos [con sillón] » (Moscú). Apollinaire constató en esa época que tenía muchos « peces » en los salones de exposiciones, decía que era el tema de moda, de obsesión, quizá debido a las exposiciones chinas. Los peces de Matisse eran algo más que eso: una metáfora de la pintura encerrada y liberada en una  pecera, en un taller, en un cerebro… un hecho colorido que orienta la mirada,  de manera centrípeta, y organiza el lienzo para « llegar a un estado de condensación de sensaciones que provoca la obra». Matisse  aspira en estos cuadros a la aproximación entre el vegetal, el animal y el humano, aproximación que, según él, ha sido impedida por el renacimiento europeo.

Después del « Café marocain », la serie se persigue en 1914 y en 1915 con las dos obras actualmente presentes en el Centro Pompidou.

En « Intérieur, bocal de poissons rouges », la vision superpuesta, la superficie en relieve, la repartición de colores y de formas similares, de objetos simples, en zonas alejadas unas de las otras, adelante y atrás, adentro y afuera,  estiran y aflojan el espacio al punto de inculcar al ojo el movimiento que se le concede al pez estático. Sobre azules dominantes, las dos manchas rojas forman un acorde mayor que se refleja con intensidades secundarias en el color tostado de la barra de apoyo o en las numerosas variaciones de rosa. En correspondencia y en oposición complementaria a esta nota roja, en primer plano, el interior verde de una copa profunda sobre la cual se cierne una sombra gris, oviforme.El pez pudo pasar por aquí, como el ojo del pintor, de la copa a la pecera y de la pecera al agua del río, o a la inversa, como la curva de la delgada planta salta por la ventana, subrayando la punta de sus hojas que se dibujan hasta convertirse en escalones. Frente al taller del andén Saint-Michel, del otro lado del Sena –“quai de la Mégisserie »- , vendían peces rojos. En 1906, Matisse decía, con respecto a su cuadro « Fenêtre ouverte à Collioure » : « … la atmósfera del paisaje y la de mi recámara son sólo una». El título de la obra, aparentemente anodino, convoca lo mental: la pecera es el espejo de la recámara-taller, el taller, la pecera del pintor. Por cierto, el título de la obra en inglés, en su primera exposición en New York en 1915 era  « Gold Fish », pez rojo o pez dorado en singular. El pez flota en una pecera como las ideas trotan en un cerebro  y el cilindro de la pecera reúne la concepción cilíndrica Cézannianna.

La “vista de Notre-Dame” (New-York, Museo de Arte Moderno) y  « La porte-fenêtre à Collioure » (París, Centro Pompidou) del otoño de 1914, llamado también por Matisse « El balcón abierto », son dos de sus obras de tiras y rasguños, oposiciones de zonas transparentes y opacas que preceden y preparan el terreno para « Poissons rouges et palette ».

Matisse escribe a Camoin en octubre de 1914 : « Estoy haciendo un cuadro, es mi cuadro de peces rojos que estoy rehaciendo con un personaje que tiene la paleta en la mano y que observa (harmonie brun-rouge) ». Acompaña su carta de un dibujo donde el personaje, sentado a la derecha, contempla la instalación, la distribución de la pecera, de la planta y de la fruta. En invierno de ese mismo año, en la obra final, el personaje dio lugar a un enmarañamiento de líneas y de estrías que aproximan los planos, al estilo de una cortina o de una ventana movida. La mesa y el recipiente de la obra anterior fueron remplazados por una zona café donde una paleta rectangular y un dedo, ambos blancos, apuntan hacia la pecera cilíndrica y nubosa. Este conjunto evoca  la extremidad de un piano con su pupitre y su partitura; incluso un atril se dibuja en la herrería, que, con sus brazos en forma de corazón, encuadra un banquito de notas rojas. En el triángulo metrónomo del cielo marino, la barra de apoyo se vuelve una botavara y la tela hace la vela. Sobre la fruta, una vez más, una pequeña planta verde une el agua de la pecera con el azul del cielo.

Con el azul, blanco, rojo, café, Matisse consigue la armonía musical que buscaba y logra una resonancia de la guerra declarada en agosto de 1914. El pintor músico (cf. « Intérieur au violon », 1918, Copenhague, y « Le  violoniste à la fenêtre », 1918, París) se concentra, y opone su trabajo de orden cubista al desorden de la guerra, aún siendo amigo cercano de Juan Gris.

André Breton en 1923 considera esta obra como una de las tres o cuatro más grandes obras modernas y hace que el modisto Jaques Doucet la compre y la coloque entre las tres obras faro de su colección, con « Les Demoiselles d’Avignon » de Picasso y el boceto de «Cirque » de Seurat. « … Deformación, penetración intensa de la vida del autor en cada objeto, magia de los colores, todo es… » (Breton). Esta pintura evoca a Georges Duthuit  la atmósfera húmeda de un barco : « … esta humedad, este silencio hace que nos parezca más brillante el rojo de los peces dorados. Ocupan sólo una pequeña parte del cuadro y sin embargo esta parte es complementaria de la totalidad de lo que la rodea.  

Habrá otras obras con peces rojos y personajes meditabundos al lado en 1923 y 1929. Es hasta el final de los años 20´s que Matisse deseará un espacio mayor para la pintura. Sus viajes en avión, su descubrimiento de la Polinesia, de Nueva York, son experiencias paralelas, y la decoración de « La Danse » para la Fundación Barnes, será la ilustración de este nuevo impulso.

Sin embargo, es hasta después de su grave operación de 1941 que Matisse, sintiendo que vive una segunda vida, va a fugarse por encima de toda razón, saldrá de la pintura para lograr “un espacio más grande, un verdadero espacio plástico”. 

Renuncia entonces a “jugar con los pinceles” y realiza sus obras con papeles recortados y pintados con gouache, que parecen desprenderse de las paredes de su cuarto.

Después de un trabajo de depuración y de abstracción del álbum  « Jazz » en 1943 por el editor Tériade,   la pintura se vuelve, como él mismo dijo, « airosa e incluso aérea », «después de esta depuración, dejé mis zapatos en la puerta, como en la mezquita»

Entre todas las obras maestras de la época, « Les bêtes de la mer » (1950, Washington) y «Les poissons chinois » (1951, Los Angeles), (que es un cartón para el vitral del comedor de la mansión del editor  Tériade, actualmente en el museo Matisse, Le Cateau-Cambrésis). Matisse indica que uno de esos peces es un dugong, un sirenio: « Aquí tienen un dugong ( …) y más arriba, un animal marino en forma de alga.  Alrededor son flores de Begonias».  En los inmensos gouaches recortados de « La piscine » (1952, New-York) los peces, los hombres sirena, nadan o vuelan al lado de estrellas de mar o de cielo.

Por la grandeza de las obras, la luz esclareciendo y coloreando los espacios arquitecturales - ya sea  en la capilla del Rosario de Vence o en el comedor de Tériade-, la pecera, los interiores, la recámara se convierten en mares y cielos y Matisse se expresa al respecto como un artista chino declarando : « Me pareció que mi obra era como la respiración del mar ».

Christian Lassalle

Ver nuestra guía paso-a-paso Pintar los peces rojos.